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Es momento de abandonar viejas ideologías

Updated: Apr 14


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Por: Diego Hidalgo Saa | @diego_suah


Al parecer, estamos en el comienzo del final de una era consentida por la abundancia, arropada por la comodidad y secuestrada por la seguridad. Nos hemos acostumbrado a tenerlo todo fácil y a vivir los problemas globales desde lejos; contamos con que la comida estará en el supermercado, que el agua fluirá por las tuberías y que la basura desaparecerá de la vereda por la mañana.


Tomamos por sentado el sistema que nos acoge y nos cuesta mucho apreciar la fragilidad del balance con el cual funciona nuestra sociedad.


Quizás, es por eso que vivir esto se siente como ser espectadores de una película apocalíptica de ciencia ficción. Qué extraño es ver a nuestra civilización en jaque, sucumbiéndose ante el miedo y la incertidumbre; y a nosotros, en confinamiento, condenados a ser más útiles en el encierro, que en la lucha.


Pero quizás, lo más singular, es que dentro de esta bizarra realidad alternativa de la que somos parte, estamos hiperconectados por el Internet. Nos reímos compartiendo, inocentemente, las cotidianas experiencias de la cuarentena en las redes sociales; mientras que cada día que pasa, nuestros líderes, toman decisiones que, o bien parecen devolvernos de a poco a la normalidad, o, con un grado de probabilidad irresponsable, coquetean peligrosamente con el caos.


Estamos viviendo un experimento social sin precedentes del cual, absolutamente todos, formamos parte.


Algunos, nos vamos a enfermar; muchos, perderemos nuestro trabajo; otros, veremos nuestras inversiones disolverse en un mercado decadente; y varios, tendremos que observar, desde una pantalla, cómo nuestros viejos se enferman, desesperados de no poder estar junto a ellos cuidándolos, en esos momentos tan críticos.


El bicho no perdona, todos tendremos que sufrir esto de alguna manera u otra.


¿Pero, será que este es un mal necesario?, ¿será que este es el incendio forestal global que la humanidad necesita para quemar las viejas ideas, permitiendo así, que las nuevas florezcan?


Para empezar a responder estas preguntas, hace falta primero imaginar un mundo mejor que el que tenemos ahora; para resolver este problema, hay que trabajar desde la solución hacia atrás.


Lo bueno de la imaginación es que no tiene límites, y lo bueno de este momento que estamos viviendo, es que ninguna idea puede ser tan descabellada. Después de todo, estamos tocando, ingenuamente, la puerta de la distopía, ¿por qué no soñar un poquito con la utopía?


Sueño con un planeta sin capitalismo ni socialismo, sin izquierda ni derecha, sin liberales o conservadores. Quiero un mundo práctico donde las decisiones no sean respaldadas por ideologías, sino por números y hechos. Quiero un mundo donde, así como en su momento separamos a la iglesia del estado, hoy separemos los intereses corporativos privados del poder legislativo y la política pública. Y quiero un mundo donde el blockchain acabe con la corrupción y los negociados.


Quiero un mundo donde una prensa libre, opere sin fines de lucro, no sirva a intereses corporativos, ni sea lacaya del gobierno. ¿Por qué no crear un organismo multilateral que administre los recursos de una prensa internacional e independiente, que sea transparente y libre de influencias estatales, libre de ideologías o agenda, y cuyo único mandato sea la búsqueda de la verdad?


Me imagino una utopía donde las externalidades de la actividad económica global, que afectan al medio ambiente y a la gente pobre, tengan que pagar un precio justo. Quiero un mundo donde las actividades del extractivismo, que no se puedan modernizar hacia un modelo sustentable, paguen, no sólo por el costo de los recursos que consumen, sino también por el impacto que generan.


Sueño con un mundo donde eduquemos a todos a través del Internet, usando las computadoras y teléfonos viejos que hoy desechamos, pero que en manos de un pobre, pueden servir por muchos años más. Quiero un mundo en el cual la vocación de docente sea bien remunerada y muy cotizada. Sueño con un planeta donde, a través de la educación y la conectividad, cultivemos los frutos del ingenio y la creatividad del ser humano para el beneficio de todos.


Me imagino un mundo donde la espiritualidad y la ciencia puedan converger para cultivar una humanidad más informada y más consciente. Una realidad en la cual la religión no trate de explicar lo inexplicable y la ciencia no trate de ver lo invisible.


Quiero un mundo donde legalicemos las drogas, la prostitución y el juego para desfinanciar al crimen organizado global. Quiero un mundo donde estas actividades paguen impuestos y, que de esta forma, sustenten la ayuda económica y militar que necesitan los países que más sufren de violencia, así como la ayuda médica y psicológica, que necesitan los enfermos de adicción.


Lo que imagino en esta utopía, es un planeta más global y menos dividido. Después de todo, nuestras interdependencias van más allá de nuestras fronteras, nuestra información viaja sin visa, y el banano que me comí esta mañana no tuvo que sacar pasaporte. ¿Cómo sería un mundo totalmente globalizado, en el cual pudiésemos colaborar libres de nacionalismo, burocracia y permisos?


La historia de supervivencia y éxito del ser humano, como especie dominante en el planeta, se debe a un fenómeno sobre todos los otros: la colaboración. La colaboración en grandes números nos dio la ventaja sobre el resto de especies y nos permitió crear la civilización que hoy nos acoge. Imagínense lo que pudiésemos lograr, si la humanidad colaboraría a la escala que, hoy en día, la tecnología nos permite.


Para pasar de soñar, a actuar, hay que primero entender que estos problemas son políticos, nada más. Las trabas del progreso provienen de muchos intereses entrelazados que tienen al mundo congestionado y tenso. La crisis que está por venir, no será por falta de recursos, sino por falta de decisiones. Trabajo no va a faltar, ¡hay tanto por hacer!, ¡hay tanto por cambiar! Si el mundo se organiza, ¡ganamos todos!


No es cuestión de buscar villanos ni víctimas, es cuestión de entender que el sistema puede funcionar mejor con nuevas ideas, y que para cambiarlo, tenemos que empezar por pensar diferente. Este caos es el catalizador de ese cambio; es el momento de cuestionarlo todo, de imaginar lo inimaginable, y de luchar por lo que pensábamos era inalcanzable.


Solo la historia dirá si al final del cuento el bicho resultó ser el verdugo de la humanidad, o si sucumbimos a la condena de nuestro propio egoísmo, o, si por el contrario, fuimos la generación de iluminados que superó colectivamente esta inimaginable adversidad con generosidad, visión y creatividad.


Se vale soñar, pero tan solo soñar, no es suficiente.




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