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De instruir a descubrir: el porqué debemos cambiar la educación post COVID


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Por: Diego Hidalgo-Saa | @diego_suah


Me topé con algo interesante en una de mis redes sociales hace algunos días. Una de las personas que conozco puso una pregunta de opción múltiple acerca de cuáles son los factores que más influyen en la contratación de un nuevo empleado, cabe recalcar que esta persona está en la industria de la educación. Las opciones disponibles sugerían la experiencia del individuo, la institución educativa a la que asistió, el nivel de educación y el carácter que el individuo demuestra, como posibles respuestas. Me pareció tan curioso que, a pesar de que prácticamente todos los que respondieron también estaban en la industria de la educación, ninguno puso la institución educativa o el nivel de educación entre las razones por las cuales contratarían a un nuevo empleado. Todos señalaron la experiencia e hicieron énfasis en el carácter, como los factores principales para contratar a alguien.


Las respuestas no me sorprenden como tal –yo hubiese puesto exactamente lo mismo– lo que me sorprendió fue la ironía de las mismas. ¿Será que ninguno de ellos valora realmente la industria a la que pertenecen? –No, dudo mucho que esa sea la razón. Creo que la razón es más obvia: la educación simplemente no es el mejor indicador para el desempeño, adaptación y éxito de un nuevo empleado en un puesto laboral. Creo que los mejores reclutadores entienden que la clave del éxito de un buen equipo de trabajo es su habilidad de colaborar efectivamente, y para estimular dicha colaboración, es necesario construir un equipo diverso en talentos y personalidades de tal manera que los miembros del equipo se complementen, en lugar de estorbarse.


El nivel de educación o la institución educativa de la cual un individuo se graduó, son malos indicadores respecto a quién realmente es esa persona. Hoy es más común ver que se utilicen pruebas de personalidad y de aptitudes para evaluar a un individuo antes de ofrecerle un puesto de trabajo.


Inevitablemente esa realidad inspira la pregunta, ¿por qué nos endeudamos casi de por vida pagando el costo de nuestra educación y la de nuestros hijos, si en muchos casos no es ni siquiera uno de los factores principales para garantizar seguridad laboral?


Sir Ken Robinson tiene el TED talk más visto de la historia con 65M de reproducciones hasta la fecha, la charla se titula: “¿Las escuelas matan la creatividad?” En su presentación, Robinson señala que el sistema educativo que hoy conocemos ha evolucionado muy poco en los últimos cien años, desde luego no a la velocidad o magnitud que el resto de los avances de la humanidad, y que –en realidad– fue creado en respuesta a la revolución industrial. Cómo tal, se diseñó a la imagen y semejanza de la línea de ensamblaje, invento icónico de aquella era. Para el conocimiento de ese entonces, un sistema en base a una estructura unificada, coordinada y generalizada era lo que funcionaba tanto para producir bienes, como para producir trabajadores.


El problema es que el potencial humano no se encuentra en el trabajo repetitivo, sino en la creación de ideas. Pero lo entiendo, para el conocimiento de la época y para los requisitos del momento, se necesitaban “manos a la obra”, no “mentes a la obra”. Lo que quizás me cuesta entender es que con todo el conocimiento que tenemos hoy sobre la creatividad y la mente humana, ¿por qué la educación sigue siendo prácticamente igual que en aquella época?


El argumento de Robinson es simple y suena bastante lógico, el intelecto humano es único y diverso, y florece cuando se estimula su talento e individualidad si las condiciones a su alrededor lo promueven. Él discute que el sistema educativo actual se basa en un modelo lineal donde se estimulan sólo cierto tipo de talentos y habilidades, y cuyo propósito es producir exámenes aprobados, tal como la línea de ensamblaje produce bienes de consumo.


De manera similar, la educación actual se enfoca en producir un sólo tipo de producto promoviendo solamente ciertos talentos académicos e ignorando la diversidad del intelecto humano. Descartamos, por ejemplo: las artes, porque minimizamos el valor que producen argumentando que no generan dinero; o relegamos a los deportes a ser actividades extracurriculares con la justificación de que la mayoría de nosotros no tenemos el talento que se necesita para ser deportistas profesionales. Éstos quizás son los ejemplos más obvios, pero no son los únicos; pasa lo mismo con la cocina, los eventos, el diseño, el entretenimiento, la artesanía, y la agricultura, entre muchas otras.


Lo que ignoramos al educar de esta manera es que tal como las matemáticas no sólo nos sirven para ser ingenieros, las artes no sólo nos sirven para ser artistas.


Educamos con el propósito de producir los profesionales que queremos, en lugar de descubrir qué nuevos tipos de profesiones podemos crear. Ignoramos la individualidad y la diversidad del ser humano en función de crear un sistema de evaluación colectiva, simple y estandarizada. Es quizás la ironía más grande del capitalismo, el cual celebra al individuo y sus derechos sobre el bien común. El sistema educativo actual parecería más apropiado para una economía colectivista como el comunismo.


Esta incongruencia de nuestros métodos educativos es más visible al ser comparada con el mundo laboral al que entramos en la actualidad. A diferencia de las generaciones anteriores, el mundo se ha vuelto tan impredecible que hoy te puedes ganar la vida trabajando en industrias que ni siquiera existían cuando entraste al colegio. Las posibilidades de desarrollo profesional hoy en día son prácticamente infinitas y nuestra manera de educar debe reflejar esa realidad.


La preparación que un individuo necesita en la actualidad para realmente contribuir a la economía no debe ser con el fin de cumplir tareas, sino de adaptarse a cambios veloces, aprender nuevos conceptos rápidamente y contribuir a la creación de ideas originales. Tal como argumenta Yuval Noah Harari, historiador israelí y uno de los pensadores más importantes actualmente, en el siglo XXI, el trabajador promedio deberá ser capaz de reinventarse cada cinco años para adaptarse a la erradicación de viejas industrias que serán reemplazadas por la automatización y la inteligencia artificial.


Los profesionales más preparados para afrontar el mundo laboral en este siglo serán aquellos autodidactas que nunca dejen de aprender y que sepan aprovechar las oportunidades que vienen con el cambio y el progreso.


A veces subestimamos la velocidad a la que evoluciona la tecnología y confundimos el tener un trabajo con seguridad económica. La realidad es que la tecnología se infiltra en todas las industrias y permea en cada tarea de una organización. Así como sucedió con la industria de la música o las agencias de viaje a inicios del siglo, nuevas empresas con nuevas invenciones reemplazarán hábitos de consumo que hoy tomamos por sentado dejando a mucha gente en el desamparo de la irrelevancia.


Si esta pandemia nos ha enseñado algo es que pertenecemos a un sistema frágil que puede perder su balance muy rápidamente. La única manera de estar preparados para cambios repentinos es siendo adaptables y mentalmente abiertos a la transformación.


Robinson pregunta –¿cómo podemos preparar a nuestras nuevas generaciones para afrontar una realidad que ni siquiera nuestras mentes más brillantes pueden predecir? Su cuestionamiento es muy válido puesto que es sumamente difícil imaginar cómo será el mundo en 2038, año en el cual muchos de los niños que entran al sistema educativo este año, se estarían graduando de la universidad.


Yo creo fundamentalmente que la mejor manera de preparar a esta nueva generación de estudiantes es con una filosofía de descubrir, no de adoctrinar o instruir. Debemos educar no con el fin de enseñar conceptos, sino con el fin de crear individuos que sepan aprender fácilmente por su cuenta. Como dice el proverbio: “dale a alguien un pescado y lo alimentarás por un día, enseñale a pescar y lo alimentarás para siempre”.

Pienso que para fomentar esta filosofía del descubrimiento, debemos empezar por conocernos a nosotros mismos. La introspección se está popularizando mucho últimamente mediante prácticas como la meditación y es evidente que la gente está comenzando a valorar mucho más su bienestar emocional. Hoy es muy común ver que la gente invierta en su crecimiento personal, a través de talleres y libros, en busca de alcanzar esa plenitud que todos añoramos. De ahí que exista esta creciente industria del desarrollo personal, la cual promueve llenar ese vacío existencial que muchos de nosotros tenemos al llegar a la adultez.


Basta entrar a una tienda de libros en norteamérica para darse cuenta lo que la gente realmente busca: la sección predominante no es la ficción, sino la autoayuda.


De hecho, uno de los temas más predominantes en el campo de la autoayuda es el del entendimiento y la apreciación por nuestros propios talentos y limitaciones. En inglés esto tiene un término self awareness –el cual se traduciría en español como conciencia sobre uno mismo– y es una práctica muy valorada por gente exitosa hoy en día. Tal es su importancia que en el mundo corporativo las empresas invierten millones en talleres, cursos y seminarios para que sus empleados desarrollen su habilidad de emplear esta práctica.


Me pregunto, entonces, ¿por qué este aspecto del desarrollo personal es tan ignorado en el sistema educativo?, ¿no tuviese más sentido invertir en este proceso de descubrimiento personal cuando somos niños que es en el momento cuando más cuenta?


Yo creo que sí, pero no sólo lo digo yo, en Finlandia, donde se ha diseñado el sistema educativo modelo por antonomasia, se usan prácticas de meditación, atención plena (mindfulness), y gratitud para alcanzar el bienestar y la felicidad. En las escuelas finlandesas se reconoce la importancia de que los niños aprendan a entenderse mejor y a reconocer cuales son sus talentos y sus limitaciones para fomentar su autoestima, así como también la de desarrollar habilidades sociales como la empatía y la compasión para fomentar un mayor sentido de pertenencia.


Creo apasionadamente que les estamos haciendo un flaco favor a las nuevas generaciones cuando ignoramos la importancia de la introspección y el autoconocimiento en la etapa formativa. Para mi este es un tema muy personal, yo siempre me sentí insatisfecho con mi experiencia educativa; en ese momento lo expresé con rebeldía, hoy lo expreso mediante la incansable búsqueda de encontrar propósito en lo que hago. Para mi, el estar definido por una profesión o un título laboral siempre se ha sentido más como un confinamiento que una oportunidad. Yo soy parte de esa generación inquieta e insatisfecha, de los que, quizás inspirados por Steve Jobs, buscamos invertir nuestro tiempo en labores que nos apasionen, no simplemente que nos remuneren.


¡Cuánto me hubiese servido conocerme más cuando más contaba! Qué importante hubiese sido entender que esa rebeldía provenía de una frustrada curiosidad y un deseo inmensurable de superación, no de la ineptitud, la vagancia o la falta de disciplina; típicas etiquetas utilizadas para justificar el mal comportamiento.


He tenido la oportunidad de ver cómo el Internet lo ha cambiado todo, ha sido simultáneamente un privilegio y una condena. Por un lado, he visto nacer el fenómeno de las redes sociales y he podido apreciar como el acceso global a la comunicación ha cambiado el rumbo de la humanidad. Pero por otro, he tenido que ser parte de un mundo lleno de posibilidades extraordinarias que simplemente me quedó grande. ¡Cómo me hubiese gustado ser parte más activa de esa evolución! Éste no es un anhelo en forma de lamento, sino en forma de advertencia y enseñanza; por dicha, el mundo sigue evolucionando y esta vez no pienso ser simplemente un espectador.


Esta vez he decidido invertir en mí, en explorar mis intereses, explotar mis virtudes y trabajar en mis limitaciones. ¡Qué importante es saber quién eres y qué quieres! Pero eso no se aprende, eso se descubre.


Cuando no sabes quien eres te conviertes en el reflejo de los que están a tu alrededor y tomas decisiones con inseguridad, ignorancia y negligencia sobre el valor de tu propio futuro. En la ausencia de la conciencia propia, recurres a volverte parte del montón y a satisfacer los deseos colectivos; es más fácil caminar por donde te lleva el sendero ya trazado, que hacer tu propio camino al andar.


Esta pandemia ha puesto al mundo de la educación patas arriba demostrando que las lecciones más valiosas no son las que pueden ser reemplazadas viendo un tutorial de matemáticas en Youtube, sino las que sólo se pueden descubrir estimulando la imaginación, la individualidad y la creatividad de cada uno de nosotros.


Ésta es una maravillosa oportunidad para reformar nuestros sistemas educativos con el fin de fomentar la formación de individuos que sepan adaptarse a un mundo en constante evolución, que sepan aprender por cuenta propia, pero, sobretodo, que sepan muy bien quienes son.


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